Yaciel Martínez
La altura del paisaje y la poesía del trazo
Texto por: Ximo Sánchez
Desde los inicios de su carrera, el artista cubano Yaciel Martínez Sánchez (Pinar del Río, 1978) ha desarrollado un lenguaje visual que parte de la observación minuciosa del entorno natural, explorando con sensibilidad las texturas, matices y ritmos del paisaje cubano. Su obra, anclada en la tradición del paisajismo de la isla, se distingue por una combinación de rigor técnico y mirada lírica, y por una narrativa visual que, sin perder el arraigo en lo real, se acerca a lo fantástico. Esta base sólida ha evolucionado notablemente en los últimos años, dando lugar a una nueva serie en la que el tratamiento del paisaje se reformula desde una perspectiva radicalmente distinta: la visión aérea.
En esta última etapa, Yaciel Martínez se lanza –literal y metafóricamente- a las alturas. El paisaje ya no se contempla desde el nivel del suelo, como una escena idílica o bucólica, sino desde lo alto, en una mirada que recuerda la vertiginosa experiencia del vuelo. Aparecen en sus lienzos montañas recortadas por la bruma, volcanes dormidos que insinúan su potencia, paracaidistas y globos aeroestáticos flotando sobre vastos territorios, figuras diminutas suspendidas entre el cielo y la tierra. Esta visión aérea del mundo modifica radicalmente la manera en que el espectador se relaciona con la naturaleza representada. Ya no se trata únicamente de mirar, sino de volar, de desplazarse por encima del terreno, de habitar una perspectiva casi divina.
La pintura de Martínez siempre ha estado marcada por un trazo firme y detallista, pero en esta serie se evidencia una soltura que no contradice la precisión, sino que la eleva. La paleta cromática se torna más diáfana, con tonos celestes, grises perlados, verdes vaporosos que se funden en atmósferas etéreas. La materia pictórica da paso a la sugerencia; las montañas no se delinean con rigidez, sino que emergen entre veladuras, como si fuesen recuerdos geológicos más que accidentes geográficos. El paisaje, en lugar de imponerse, se revela. Es una pintura que respira.

Uno de los elementos más llamativos de esta serie es la aparición de figuras suspendidas en el aire: paracaidistas, globos aerostáticos y extrañas construcciones flotantes que fusionan relojes con casas, como si el tiempo y el hogar también pudieran volar. En términos iconográficos, estos elementos representan mucho más que simples alusiones al vuelo; funcionan como metáforas del tránsito, del paso entre dos mundos –el terrestre y el celeste-, y también como emblemas de la fragilidad humana frente a la vastedad del espacio y del tiempo. Los paracaidistas, en su equilibrio precario, y los globos, en su deriva serena, evocan tanto la exposición al vértigo y a la caída como una forma de entrega confiada a lo desconocido. Los relojes-casa, suspendidos como objetos de un sueño surreal, añaden una capa simbólica que sugiere la posibilidad de habitar otros ritmos, otras realidades. En conjunto, estas imágenes construyen una poética de la suspensión, donde volar no es escapar, sino explorar nuevas formas de estar en el mundo.
Esta tensión entre la solidez de la tierra y la levedad del cielo es uno de los ejes temáticos de la serie. En varias piezas, los volcanes aparecen como centros de energía latente, cuerpos que contienen una violencia callada. No hay erupciones ni explosiones, pero sí una sensación de inminencia. Los cráteres, vistos desde arriba, se abren como ojos ciegos, silenciosos testigos del tiempo geológico. Frente a ellos, el hombre –figurado en los paracaidistas o en pequeñas construcciones que apenas se insinúan- aparece minúsculo, casi insignificante. Sin embargo, no hay en esta relación una visión fatalista, sino una invitación a la humildad, a la contemplación de lo sublime.

En diálogo con la tradición paisajística cubana, que ha tenido exponentes tan diversos como Tomás Sánchez o Ernesto Estévez, la obra de Yaciel Martínez propone una actualización necesaria. No hay en su pintura una idealización del paisaje como refugio espiritual o idilio ecológico. Tampoco una crítica frontal al deterioro ambiental. Su enfoque es más sutil, más poético: el paisaje como espejo de la interioridad, como territorio de ensoñación y de interrogación existencial. Desde las alturas, Martínez observa el mundo como si fuese la primera vez, como si cada montaña, cada nube, cada grieta en la tierra portara un misterio aún por descifrar.
A nivel compositivo, la serie demuestra una madurez indiscutible. Las obras están construidas con un equilibrio notable entre estructura y fluidez. Hay una clara comprensión del espacio pictórico como campo de resonancia emocional. La distribución de elementos en el plano genera ritmo, profundidad y dinamismo sin recurrir a artificios. La pintura respeta el silencio tanto como la forma. Y en ese silencio, el espectador encuentra un lugar para detenerse, para flotar, para pensar.
La más reciente serie de Yaciel Martínez Sánchez marca un punto alto –en todos los sentidos- dentro de su trayectoria artística. Al explorar el paisaje desde una visión aérea, el artista no solo transforma su lenguaje plástico, sino que plantea una profunda reflexión sobre la perspectiva, sobre la manera en que observamos el mundo y el lugar desde el que lo hacemos. En una época marcada por la prisa, la dispersión y el ruido constante, su obra ofrece un espacio para la contemplación, la suspensión y el asombro. Es un arte que, más que representar, nos eleva.



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