Danay Nápoles
Las imágenes sin límites
Texto por: Edgar Ariel
Si hablamos de las imágenes… de los límites de las imágenes, la fotógrafa cubana Danay Nápoles (La Habana, 1988) tiene mucho que decir. Danay Nápoles propone una erótica, la erótica de lo rostrificado. Su discurso (logos) se realiza como un desreconocimiento de los cuerpos. Cuerpos mentales. Cuerpos arquitectónicos. Cuerpos de gas. Nápoles tiene necesidad de mirar directamente al cielo con la esperanza de ver la escena en conjunto, es decir, de ver más y con más claridad. Esta necesidad es todo menos plácida. Es un juego con algo que se escapa.
Danay Nápoles deconstruye los paisajes naturales y los convierte en polígonos fictivos. Los transforma en espacios mutantes. Los identifica como manantiales donde (nos) percibimos.
La mirada como una facultad autóctona, autotélica, posiblemente redentora de la mente. Nápoles emancipa una mirada desprejuiciada. Una mirada que (también) escucha. La fotografía como gesto conativo. Para Danay Nápoles fotografiar es como realizar un juego de espejos donde cada individuación se plantifica en un yo expandido. Expandido (también) hacia sí misma.
Danay Nápoles entiende cada rostro como un mundo posible. Le interesa determinar el territorio político del rostro (y no solo). Hablamos de una dimensión. Una dimensión maquínica donde la subjetividad se articula no desde los bordes, sino desde un epicentro esencial.
Expandidos (también) hacia otros paisajes que son pasajes donde no hay –muchas veces– rostros fácticos, pero sí referidos. Un tragaluz. Un tragacuerpos. Un tragamemorias. Una tragaperras. Da la impresión, a veces, de que esos cielos fotografiados (rostrificados) por Danay Nápoles esconden otros cielos ruiniformes. Cuerpos ruiniformes. Memorias ruiniformes.
Danay Nápoles le otorga rostro a lo ruinoso. Le otorga rostro al mundo. «Todo lo que se alza cae, / y todo muere al contacto de lo que ha caído», dice Pascal Quignard. Danay Nápoles fotografía ese lugar entre lo que se alza y lo que cae. Ese entrelugar. Entremedias. Ese lugar exacto.
El trabajo de Nápoles se concentra en la creación fotográfica. Desde este lugar, investiga los puntos de fuga, las expansiones de la fotografía contemporánea. Con un interés marcado en el retrato, insiste en la necesidad de encontrar nuevas posibilidades del rostro, de lo rostrificado. Asimismo, tiene un trabajo sostenido en torno a la(s) arquitectura(s). Nos referimos a la arquitectura como construcción y como metáfora. En este sentido, también se preocupa por observar a través del objetivo de su cámara eso que entendemos por “naturaleza”, desde lo más íntimo, desde la autorreferencia, hasta lo colectivo.
Ahora recuerdo la primera vez que vi una fotografía firmada por Danay Nápoles. Muchos meses después me pregunto si existe algo más aterrador que el escepticismo. Hablo de conducir borracho, de no saber cómo has llegado a un sitio. Hablo de las imágenes… de los límites de las imágenes. Hablo de la duda. Hablo de la duda y el miedo. El miedo consustancial a la creación.
Danay Nápoles, como El oso de Ted Hughes, paga un precio. His price is everything. Hablo de no saber cómo has llegado a una imagen. Hablo de saber cómo has llegado a una imagen. Hablo de saberlo.
Pero el escepticismo es una forma cobarde de superioridad, como nos enseña Tom Wolfe. Una podría permitirse ser escéptica frente a las imágenes de Danay Nápoles. Una podría permitirse eso y creer que escudriña, como una ardillita, en la inmensidad del sotobosque.
Me pregunto si existe algo más aterrador que el sotobosque. Ese entrelugar. Entremedias. In media res. Esa ciudad que contiene más que imágenes. La ciudad que fotografía Danay Nápoles. Es una ciudad de sonidos.
Parecen sonidos.
Parecen sonidos.
Parecen sonidos.
Piezas de música escrita.
Muchos meses después de aquel primer encuentro con Danay Nápoles me pregunto si existe algo más aterrador que la sombra en los rostros. En mi rostro. Quizá lo que le pido a una fotografía es que pueda «hacer que la piedra se vuelva pedregosa». Quizá es todo lo que le pido. Lo que le pido no, lo que le exijo. Hay una exigencia. Hay una apetencia en mí. Un egoísmo, tal vez. En El arte como artificio Victor Shklovski zanja que «el arte existe para que la piedra se vuelva pedregosa». Pedregosa. Abismal. Abisal. Liminal. Pellizco la idea.
His price is everything.
His price is everything.
His price is everything.



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