Juan Carlos Sánchez Lezcano
Habitar la distancia
Texto por: Lucía Herrera
La pintura de Juan Carlos Sánchez Lezcano habita un territorio intermedio, una zona de tránsito donde las imágenes no representan, sino que piensan. Su práctica, nacida en La Habana y madurada entre Tenerife y Miami, se construye desde el desplazamiento entendido no como una pérdida, sino como una forma de conciencia. En su obra, el exilio se convierte en una manera de mirar el mundo: no el drama del desarraigo, sino el ejercicio constante de reinventarse en movimiento.
Lezcano pertenece a esa generación de artistas cubanos que convirtieron la experiencia del tránsito en materia estética. Sin embargo, su lenguaje no responde al testimonio ni a la nostalgia. La suya es una pintura que se interroga a sí misma, que hace visible la fragilidad de toda imagen y la inestabilidad de todo sentido. En sus lienzos, los objetos, las figuras y las huellas de escritura se comportan como fragmentos de una historia que nunca llega a completarse. Todo parece suspendido en un tiempo que no avanza, en un espacio que se resiste a la clausura.
La superficie del cuadro funciona como una zona de memoria en transformación. En ella se superponen trazos, tachaduras, textos y restos de imágenes que conforman un pensamiento visual. Cada gesto pictórico, más que un acto expresivo, constituye una forma de resistencia frente al olvido. Lezcano pinta como quien intenta fijar una emoción antes de que desaparezca; su trazo es una insistencia, un gesto que persiste aun cuando el sentido parece escaparse.

Esa insistencia se traduce en una ética del proceso. El artista no busca ilustrar una idea, sino construirla desde la materia misma de la pintura.
En ese proceso, el color adquiere un papel estructural: bloques y masas cromáticas que no solo delimitan la figura, sino que también la disuelven en lo abstracto. La mancha se convierte en un espacio de tránsito entre lo reconocible y lo incierto, donde la figura realista emerge y se desvanece dentro del campo pictórico. Esa tensión entre forma y disolución genera un diálogo continuo entre los espacios en blanco y los espacios ocupados, entre lo que la pintura muestra y lo que decide reservar. En Lezcano, el color no describe, sino que construye un ritmo interno que respira entre silencios y presencias.
Sus obras, lejos de cualquier complacencia formal, revelan un pensamiento que se desarrolla a través del gesto, una reflexión encarnada en la textura, en el color y en la huella. La pintura, en su caso, no es un medio para representar, sino un campo donde el pensamiento se materializa.
El universo simbólico de Lezcano —camas vacías, escaleras imposibles, puertas sin destino- funciona como un repertorio de signos del desplazamiento. Son imágenes que hablan de tránsito, de espera y de deseo. No remiten a un lugar concreto, sino a la sensación de estar siempre entre lugares, de pertenecer y no pertenecer al mismo tiempo. En ese sentido, su obra propone una poética del limbo: un modo de habitar la distancia sin buscar resolverla.

Los textos breves que aparecen en algunos de sus lienzos —frases, notas, fragmentos- interrumpen la continuidad de la imagen y abren vacíos de interpretación. Esa escritura mínima introduce ironía y ambigüedad, evita toda lectura sentimental del exilio. Más que explicar, esas palabras cuestionan; más que completar, fracturan. Así, la pintura de Lezcano se sostiene en la tensión entre lo visible y lo ausente, entre lo dicho y lo que apenas se sugiere.
Su experiencia en el cine y la dirección de arte ha dado a su pintura una estructura espacial cargada de ritmo y pausa. Cada obra parece pensada desde un encuadre cinematográfico, donde los silencios tienen tanto peso como la acción. Este sentido de temporalidad expandida transforma la contemplación en experiencia: el espectador no observa, sino que participa del proceso de desorientación.
Lezcano no busca reconstruir un origen ni fijar una identidad. Su búsqueda apunta a ese instante previo en que la imagen aún no se consolida, cuando el significado está por nacer. En ese punto incierto —entre la certeza y la desaparición- encuentra su territorio. Su pintura es, más que un relato del exilio, una reflexión sobre la movilidad contemporánea y sobre la fragilidad de pertenecer.
Desde Miami, su obra continúa proponiendo una ética del movimiento. Juan Carlos Sánchez Lezcano no pinta para volver a un lugar, sino para sostener la distancia. En su universo, el tránsito se convierte en forma de vida, y la pintura, en un modo de resistir al silencio: una poética de la inestabilidad que nos invita a pensar la identidad no como raíz, sino como viaje.
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