José Báez
Cartografías del umbral fragmentado
Texto por: Valeria Suárez Benítez
En la obra del artista cubano José Báez se despliega una poética del umbral, una constante indagación en los intersticios entre cuerpo, memoria y ruina. En sus series Limbus y La gran ilusión, la sensibilidad hacia lo liminar se convierte en principio constructivo y conceptual, en una cartografía de lo incierto que interroga tanto lo visible como lo oculto. Su práctica artística, que conjuga disciplinas como la fotografía, la acuarela, el bordado, la tinta o el dibujo arquitectónico, no solo explora los límites materiales del soporte, sino también los estados alterados de percepción, la erosión del tiempo y la fragilidad de lo construido.
Limbus, palabra que en su origen latino alude al borde o límite, pero que también resuena con connotaciones teológicas del purgatorio, es una serie que opera desde la delicadeza del fragmento. El gesto del bordado, poco frecuente en las prácticas visuales contemporáneas, introduce una temporalidad contemplativa: el tiempo del hilo es el tiempo del cuidado, de la persistencia, de la reparación. Las costuras se convierten en cicatrices, en topografías de una piel herida que resiste. Aquí no hay representación directa del mundo exterior, sino una cartografía interna donde cada trazo, cada surco, sugiere un tránsito o una tensión. Las obras no ilustran, sino que condensan estados. Son lugares de pasaje, zonas donde el sentido aún no se ha fijado del todo.
En contraste, pero también en diálogo, la serie La gran ilusión propone una escala mayor y un dispositivo más estructurado, aunque igualmente atravesado por la tensión entre lo real y lo imaginario. Compuesta por unas quince piezas –igual que Limbus-, esta serie combina fotografía digital, dibujo técnico y acuarela en un mismo soporte: imágenes de fachadas habaneras en ruinas junto con planos arquitectónicos a tinta, todo ello montado sobre papel Fabriano, que acoge ilustraciones botánicas de plantas alucinógenas. La estratificación técnica es también una estratificación de sentido. La ciudad derruida se convierte en archivo del colapso, pero también en sustrato para una visión alternativa: la botánica visionaria irrumpe en el corazón de la ruina como emblema de una posibilidad latente.
La incorporación de estas plantas no es un mero gesto decorativo. Báez se adentra en la etnobotánica como campo de estudio y resonancia simbólica. Se acoge a teorías que plantean que el uso ritual de psicotrópicos pudo haber influido decisivamente en la evolución de la conciencia humana, en la emergencia del lenguaje, de la cultura, de la percepción simbólica. Las acuarelas de estas especies, trazadas con precisión científica, no se limitan a ilustrar: son también vehículos para pensar una historia alternativa del conocimiento. Frente a la ruina arquitectónica, que remite a una modernidad fallida, la planta alucinógena aparece como agente de transformación, como vía para imaginar lo otro, lo posible, lo que aún no ha sido domesticado por el relato oficial.
El título de esta serie, tomado del libro homónimo de Stephen Hawking, alude a la relatividad del tiempo, pero también a la ilusión del progreso, al espejismo de permanencia que las estructuras sociales e ideológicas pretenden sostener. En estas obras, la ciudad ya no es el centro sólido del mundo, sino una ruina activa, un cuerpo en trance. La arquitectura se vuelve espectro, y en esa condición espectral reside su poder: el de recordar que lo sólido se desvanece, que todo lo que se edifica puede también desmoronarse. Sin embargo, Báez no se instala en la nostalgia, sino en la posibilidad de reconstruir desde los fragmentos.
En ambas series, el artista articula una poética de la transición. Lo que importa no es el estado final, sino el proceso, el tránsito, el umbral. Ya sea a través de la ruina urbana o del hilo que sutura, Báez construye espacios donde lo físico y lo espiritual se encuentran. Hay en su obra una voluntad de reparar sin ocultar la herida, de sostener la memoria sin fetichizarla. La mezcla de técnicas –el dibujo técnico, la fotografía documental, la acuarela botánica, el bordado manual- funciona como lenguaje expandido que resiste la homogeneidad visual del presente.
La obra de José Báez se instala, así, en ese borde fértil entre lo material y lo simbólico. Es en la ruina donde encuentra el germen de lo nuevo; en la fragilidad, una ética de la persistencia. Frente al colapso, su arte plantea una ética de la reconstrucción, entendida no como retorno al origen, sino como invención de futuros posibles. Una obra que piensa, desde la imagen, la posibilidad de otra conciencia.



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