Giselle Lucía Navarro

Giselle Lucía Navarro: expansión del textil

Texto por: Abram Bravo Guerra

La obra de Giselle Lucía Navarro gravita en una dependencia estricta entre las facetas de su personalidad artística: artista visual, escritora y diseñadora, cada una compartiendo un protagonismo itinerante que resulta el combustible predilecto del acto creativo. Por supuesto, la convivencia simultánea ha sido el resultado de un crecimiento progresivo e inquieto al que ha ido sumando saberes; sumatoria conducida por una insaciable necesidad expresiva y la posibilidad de desarrollarse con astucia en varios terrenos que -necesariamente- parecen irse encontrando. Es, precisamente, el papel de espacio convergente el que ha acelerado el rigor, ascenso y aceptación de una obra visual estructurada en retroalimentación con el diseño y la literatura, y empaquetada en el tejido como constante. De hecho, ha sido esta revisión del textil y sus capacidades, aplicadas en el contexto insular, la que ha diferenciado el trabajo de Giselle en la movida visual cubana y permitido, a su vez, explorar una plataforma discursiva amplificada, propensa a involucrarse en ideas y temas tangenciales.   

Como es lógico, su capacidad y desarrollo multifacético responde a un interés progresivo explorado con la seguridad e insistencia necesarias; un ensayo de prueba y error que empezó temprano y ha dejado casi siempre un saldo positivo. Se inserta en el mundo de la literatura muy de joven, potenciando habilidades innatas que le asegurarían con el tiempo un puesto en la poesía y la narrativa joven cubana. Le seguiría el diseño en su hacer multidisciplinario, desarrollado como especialidad y con todos los matices propios de una carrera universitaria. Esto permite un acercamiento definitivo a los sistemas visuales, así como la generación y reutilización de símbolos, posibilidades que, en sintonía con la literatura, supondrían una puerta natural de entrada a las artes visuales.

Entonces, el universo visual empieza a revelársele en la unificación progresiva de saberes devueltos en inquietudes combinadas. Estas opciones se cohesionaban en la amalgama del tejido, casi una herencia familiar que continuaba explorando y extendiendo en cuanto a capacidades. Luego de una experiencia laboral en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, una obra más sesuda de Giselle comenzó a visibilizarse en los circuitos plásticos habaneros y, poco a poco, incluso a escala internacional. Y es que resulta el medio adecuado para una inclusión y redistribución de los saberes previos en un ecosistema equitativo, precisamente por la permeabilidad en los soportes y la adaptabilidad que permite a la obra en sí. En otras palabras, aquí encuentra Giselle su hábitat fetiche.  

Y, como he venido diciendo, ese hábitat plural se cohesiona en la acción textil. Ese tejido es el hilo conductor y mutable de todo su trabajo visual: varía de composiciones bidimensionales de carácter referencial o revestido directamente con texto, a puros tapices donde la forma determina la naturaleza simbólica o esculturas blandas y semi-abstractas que desmantelan las asociaciones físicas de ese textil. La cuestión es que lo amplifica en un arsenal de posibilidades que mezcla con la acción poética o la referencia gráfica, revolucionando las composiciones en propuestas cromáticas desarrolladas entre bruscos saltos tonales y maridajes hiper-saturados. Esta relación potente con el color enuncia el vínculo consciente con la tradición -cromática también- de textil latinoamericano; teniendo en cuenta una herencia obligatoria e inscrita en un hacer regional. Si bien su intención dista bastante del ejercicio litúrgico o funcional, no descuida los matices visuales o materiales que emparentan su trabajo con la tradición, dejando claros respeto y herencia simbólica a partes iguales. No obstante, su punto de mira más evidente radica en la reinterpretación que el soporte experimentó en Europa, sintonizado las posibilidades y caminos que se abrieron desde la Bauhaus y extendidos en oleadas renovadoras más recientes. Nombres como Otti Berger, Gunta Stölzl, Louise Bourgeois, Sheila Hicks o Josep Grau Garriga resuenan y conviven en las propuestas estéticas de Giselle Lucía Navarro, ahora revueltos en los diferentes caminos que la artista experimenta y matizados con una fuerte intención autorreferencial. 

Lo interesante es como, en este mar de posibilidades y puestas en escena, Giselle se empeña en defender una especie de abstracción que tensa al límite su impacto referencial. Empapa sus citas formales con ese tono personal para agenciarse una jugada que deja a la obra en un astuto limbo de lecturas cruzadas: camino formal y conceptual pudieran moverse en cuerdas independientes, solo que terminan reuniéndose en un giro perspicaz de la propuesta. Como artista, entiende la necesidad de amplificar conceptos y -¿por qué no?- ajustar sus implicaciones referenciales en un momento en el que todo pudiera parecerse a algo. Su abstracción permite una cita múltiple e interdisciplinaria que, paradójicamnte, aísla su trabajo a un territorio donde parece andarse con sus propias reglas. El hábitat fetiche que antes mencionaba.

Ahí, envuelta en las conexiones sociales y sustratos emocionales propios de la familia en la herencia latinoamericana y cubana, Giselle insiste en involucrar la obra con pasajes escogidos de su historia individual. Vuelve a traumas, anécdotas, tradiciones y nostalgias que intercala en la plataforma reflexiva enunciada por la materia de cada pieza. Resuelve sostener, sin importar el grado de abstracción al que recurra, las conexiones con un referente físico y perfectamente figurable, ya sea en una palabra o una historia. Consciente de ello, Giselle se posiciona desde su experiencia como mujer tejedora y las interacciones que, a partir de esa condicionante, desarrolla con el medio para ensamblar narrativas que arremeten contra estructuras avejentadas y normativas. 

Estrechando las opciones en su arsenal lingüístico, Giselle Lucía cierra filas y amontona capacidades sobre su obra visual. Una elección que no ejecuta al azar, sino que estudia implicaciones y parentescos, afina intersecciones e identifica con tino sus referentes para implementar cuidadosamente niveles y posibilidades de lectura. Aunque -casi sobra decirlo- dista muchísimo su trabajo del cálculo incisivo, más bien deja ver un orden casi religioso en las asociaciones o manifestaciones que van a convivir en ese tejido para diluirse en una obra autónoma y especialmente sensible. Porque sensibilidad y poesía son constantes en sus tapices o esculturas, matizados con añoranzas, guiños sexuales y caprichos formales, y perviven en los diversos formatos a los que su propuesta se acomoda. Entonces, pareciera ajustarse Giselle a la medida de las artes visuales y, reconociendo su cualidad multidisciplinaria, pareciera ya contenerlo todo en un mismo espacio: uno que mejora en la medida en que se traviste y en la fluidez con que se entrelaza.

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