Osmel Herrera

Ciudades del humo: la poética de lo efímero

Texto por: Gabriel Ortega Llerena

La existencia es un ejercicio constante de pérdida. Todo lo que amamos, todo lo que creemos poseer –lugares, cuerpos, nombres, creencias- está condenado a desvanecerse con el tiempo. Vivimos en ruinas, incluso cuando no lo sabemos. La obra de Osmel Herrera, y en particular su serie Pueblo blanco, nace desde esa conciencia aguda de lo efímero. En ella, el artista no representa el mundo, sino su huella; no afirma identidades, sino que explora sus contornos inestables; no construye imágenes duraderas, sino ciudades de humo que resisten el olvido en su propia fragilidad.

En Pueblo blanco, Herrera desarrolla una propuesta técnica y conceptual de alto voltaje simbólico. Mediante el uso del humo de velas como medio pictórico, y jaulas de aves como plantillas, el artista dibuja sobre el lienzo imágenes que parecen surgir y desaparecer al mismo tiempo. Lo que vemos no son edificios definidos ni calles reconocibles, sino manchas borrosas que, en su conjunto, evocan la silueta de ciudades imaginadas, o quizás recordadas desde la infancia, desde los sueños, desde el exilio interior.

El humo –inestable, fugitivo, imposible de dominar del todo- se convierte aquí en material de la memoria. Pero no de una memoria fija, histórica o documental, sino de una memoria emocional, cargada de deseo, de fe, de ausencia. El propio artista menciona cómo estas velas remiten a una práctica común en los hogares cubanos: encenderlas durante los apagones, no solo como fuente de luz, sino como acto de esperanza, de resistencia simbólica. Esta referencia autobiográfica, lejos de limitar la interpretación, abre un campo poético amplio: el fuego como purificación, como tránsito, como metáfora de la vida que se consume pero no se extingue.

En este contexto, las jaulas utilizadas como moldes dejan de ser solo objeto para convertirse en símbolo estructural de toda la serie. Siluetas repetidas, casi arquitectónicas, que organizan el espacio de la imagen pero también funcionan como signos del encierro. Jaulas vacías, pero omnipresentes. Su uso no es literal, sino metafórico: representan el deseo de libertad que nunca se concreta, el espacio acotado donde habita el anhelo. Y, sin embargo, es a partir de esas mismas formas limitantes que se construyen las “ciudades” de Pueblo blanco. Una paradoja reveladora: la misma estructura que aprisiona es la que permite el gesto creativo. Estas siluetas, convertidas en cimientos, dibujan un urbanismo imaginario que alude tanto al orden como al encierro. Así, la jaula pierde su dimensión meramente funcional y adquiere un carácter casi ontológico, como condición de posibilidad del recuerdo. En esta doble condición –límite y soporte- se revela la tensión central de la serie.

Así, la serie se convierte en una meditación visual sobre la tensión entre lo visible y lo oculto, entre lo que resiste y lo que se desvanece. No hay aquí afirmaciones tajantes ni discursos cerrados. La imagen no se impone, se insinúa. Cada obra exige del espectador una mirada lenta, contemplativa, capaz de captar las sutilezas del humo sobre la superficie del lienzo. La ciudad –ese símbolo por excelencia de lo humano- se presenta aquí como una visión espectral, un reflejo apenas retenido en la memoria.

El carácter matérico de estas piezas refuerza su densidad simbólica. Aunque construidas con un elemento tan volátil como el humo, las obras poseen una presencia física notable: las manchas son materia, son huella. En esa paradoja –la materia de lo inmaterial- se inscribe buena parte de la fuerza de la serie. El humo, que normalmente se asocia con lo efímero y lo intangible, se convierte en herramienta de inscripción, en escritura visual de lo que ha sido y ya no está.

Desde un punto de vista estético, Pueblo blanco prolonga y a la vez transforma algunas de las constantes del universo de Herrera: el uso del signo mínimo, la economía del gesto, la carga poética del cuerpo ausente. Pero aquí el cuerpo cede el protagonismo al espacio. Ya no es el torso, la boca, la figura doliente lo que ocupa el centro, sino la ciudad como territorio emocional, como arquitectura de la pérdida. Es un desplazamiento sutil pero significativo: el sujeto se difumina, se disuelve en el espacio que lo contiene (o lo reprime).

En diálogo con otras propuestas del arte cubano contemporáneo, la obra de Herrera se aparta de la literalidad o la denuncia explícita. No hay aquí consignas ni dramatismos. Su mirada es más íntima, más simbólica, pero no por ello menos crítica. Pueblo blanco puede leerse también como una alegoría del país, de sus restricciones, de su historia detenida. Pero lo hace desde una voz lírica, desde una estética de la insinuación. La jaula no se impone: apenas deja su sombra. La ciudad no se impone: apenas se sugiere.

En última instancia, esta serie es un canto contenido a la fugacidad. Un intento de capturar –aunque sea por un instante- aquello que está destinado a perderse. Un acto de fe en la capacidad del arte para señalar lo invisible, para hacer visible lo que tiende a desaparecer. Osmel Herrera no ofrece respuestas, pero traza rutas: caminos de humo hacia lo más hondo de la experiencia humana. Pueblo blanco no es solo un conjunto de dibujos; es un estado del alma, un paisaje de la conciencia, un testimonio silencioso de que incluso lo que arde y se consume puede dejar una huella.

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