I E S U S (Jesús Iglesias)
Estetizar la muerte
Texto por: Abram Bravo Guerra
Hablar de Jesús Iglesias desde su accionar creativo para con el contexto cubano supone casi una readaptación de los márgenes editoriales. Como es lógico, la obra de un extranjero se condiciona inicialmente por el sitio de génesis y, por supuesto, evoluciona y se adapta según las movilidades a las que estuvo sujeta. Eso termina de condensarse en el lugar que supone parteaguas y punto de análisis –Cuba en este caso- entendiendo su trabajo como elemento insertado en un ecosistema creativo que deja de serle ajeno. En cierto sentido parte de ese trabajo se nacionaliza, evento que ocurre muchas veces en sistemas fuera del plano estético, sobre todo en la generación de nexos sociales y urgencias creativas condicionadas por el entorno. Jesús sería, entonces, una especie de identidad artística en reformulación que toma y aporta sentido por y para el panorama creativo insular. Y pensar su trabajo desde esta óptica supone un punto de giro interesante para su comprensión y desarrollo estético.
Nacido en Sevilla, Jesús es imaginero de formación, una labor que le valió el reconocimiento en su tierra. Y este aspecto de la imaginería resulta importante, ya no solo para su trabajo, si no para una comprensión “estetizada del concepto de muerte”. Jesús estudió a conciencia la representación escultórica de los santos, los procesos técnicos y acabados policromados de la imaginería religiosa y, de paso, reconoció el peso de esos artificios para agenciar una visión compasiva de la muerte misma. Los santos sangran, sufren, existen en su condición icono y signo solo después de morir, y es ese el factor desencadenante del proceso de expiación que define y articula su trascendencia y función. La muerte es aquí un estado de beneficio y como tal necesita ser mostrada. Cobran sentido las soluciones apasteladas y el rezago infantil en los volúmenes y, como resultado, el ejecutante se va contagiando de esa idea atípica que sobre la muerte deja ver la representación. Entonces, y siendo lógico tratándose de imágenes veneradas, la comprensión en su sistema estético-filosófico se termina replicando al credo colectivo –católico en este caso- y marca la singular relación que con la muerte se tiene en tierra andaluza. Relación que es, un poco, el origen y referente de la que existe en México.
La cuestión es que este nexo con la muerte va a ser fundamental en la obra posterior de Jesús, ya desligada de la imaginería. Divorcio que parte de la amplificación de sus horizontes creativos y resuelve al radicarse en París y vincularse a varios espacios relacionados con la escena artística contemporánea. Fue probando varias posibilidades que coincidían en la escultura como medio, algunas como encargo, otras incidiendo en la condición del hombre respecto a su medio y, de maneras puntuales, rememorando aspectos técnicos y reflexivos conectados al universo sacro. Un trabajo itinerante que, directa o indirectamente, replicó en varios países y que incidió en el refinamiento y depuración de la acción escultórica, en especial de la capacidad técnica en su ejecución. Habilidad que, en confluencia con la herencia representacional imaginera, agencia la dosis de ingenio adecuada para el cambio estético iniciado en Chile y asentado en Cuba.
Precisamente, su trabajo en cerámica destaca por la capacidad de cohesión de universos representacionales diversos y que resumen los códigos referenciales asentados previamente en su obra. Pone la mira de nuevo en Sevilla, ahora para agregarle al dejo latente de la imaginería el tradicional soporte de la baldosa. Un guiño astuto a la tradición regional al que suma una cita palpable a la figuración gráfica mexicana, en especial al imaginario de José Guadalupe Posada que se repite en la manera de tratar los cuerpos y, sobre todo, en la recurrencia eventual a la calavera como signo y motivo. Surgen, entonces, escenas que sortean lo costumbrista y determinan una especie de realismo mágico personal con la muerte como identidad temática; aquella muerte grácil que se desplaza casi con benevolencia en un ambiente que la acepta y venera a partes iguales. Los grises totales y la exquisita factura de formas y cuerpos completan un idiolecto con identidades física y simbólica propias que contrapone de manera constante herencia y experiencia. Esa muerte benévola se cuela en viñetas, en relatos aislados que adoptan formas universales simultáneas y, poco a poco, traducen las visiones sensoriales de Iglesias. Su Comala se amontona en losas de cerámica de tamaño variable que susurran sin parar realidades más allá de la física.
Otro aspecto interesante aquí sería la volatibilidad a la que se somete el concepto tradicional de la escultura. Ahora se presenta en relieves cerámicos entendidos de modo bidimensional, a la manera de matrices litográficas que cambian piedra por arcilla. Jesús ha usado su bagaje técnico para invertir los códigos del terreno matérico y renunciar a la variable tridimensional. Cosa que, si bien no sería nada nuevo, si entresaca una intención lingüística dedicada a expresar nuevas realidades en soportes más funcionales. Decisión sobre la que podría haber pesado también la accesibilidad al material o a espacios concretos de fundición y modelado, cuestiones que en crisis requieren alternativas creativas funcionales y expeditas. Recordemos que esta vertiente cerámica ve su apogeo en un Chile azotado por el coronavirus y se desboca en una Cuba con complicaciones para rentabilizar un tipo de producción de corte más industrial –para usar un eufemismo-. En esta cuerda, Jesús termina mostrando una capacidad única para la adaptabilidad creativa y, sobre todo, la capacidad para sacar de ella sustancia artística en estado puro.
Sería, entonces, Jesús Iglesias un actuante peculiar en el terreno cubano. Peculiaridad que resuelve disimular con una adecuación progresiva e ingeniosa al terreno, insertándose con disimulo y agenciándose con deseo su hueco en el panorama creativo. En este sentido se crea una relación de retroalimentación, donde ambos factores inciden entre sí moldeando posibilidades y amplificando –casi sin proponérselo- aquella movida visual que, si bien tropieza y se arrastra, se empeña en avanzar. Y, precisamente en Jesús, se condensa un imaginario perfectamente inteligible y naturalmente sensible al contexto que, también con el tiempo, dará bastante de que hablar. Por ahora, consigue encaminar con solidez una obra con recorrido a escala internacional y capaz de quebrar, solo de un vistazo, aquel pesimismo universal que la muerte como concepto encierra.



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