Javier Barreiro

Lo que queda cuando el rostro desaparece

Texto por: Meira Marrero Díaz

Generalmente las grandes cosas tienen pequeños comienzos. Una mínima acción aparentemente inocua, puede acarrear un cambio revelador y perpetuo: esto es, a grandes rasgos el efecto mariposa. Su idea germinal es una secuencia inacabable de hechos, aparentemente inconexos, que pueden traer consecuencias completamente impredecibles. Es un concepto de la teoría del caos, rama de la matemática, la física y otras ciencias exactas que se ocupan de sistemas complejos y dinámicos.

Las ciencias sociales y humanistas no escapan a ellos, así caen en la red con su aleteo perturbador, productor de sentidos y lleno de interrogantes. El arte a la vanguardia como casi siempre ha ocurrido en su historia que conocemos y estudiamos. Ese que ha intentado mostrar cómo pequeños canjes o acciones pueden generar grandes impactos y transformaciones en el proceso creativo, la recepción del arte y la sociedad misma. 

Historiográficamente hablando, el arte de la posguerra es el producido entre 1945 y principios de los 70, mientras el arte contemporáneo es el que ha sido producido a partir de la década del 1970. Algunos artistas abrazaron el pasado, otros quisieron alejarse de él, mientras tanto Javier Barreiro ha desarrollado un umbral versátil y seductor, que atrae, enfatiza, cautiva y cuestiona el boomerang de atemporalidad que fluye entre un período y otro. 

Este es el punto de partida de esta autora en su interpretación de la obra de Javier Barreiro. Pintor cubano contemporáneo en plena evolución, que va labrando un camino propio, sólido, en progresión no solo pictórica sino conceptual, herencia de la historia del arte universal que domina y la de su principal punto geográfico de referencia. Esa Cuba pródiga en sentidos cultivados, que él honra ya sea en sus retratos o paisajes a veces surrealistas, donde retrata el agitado y tremebundo contexto de su tiempo, en sus escenas desoladoras y “moldes” diversos de personajes empacados, muchos de una imponente estela de dolor e incertidumbre humana. Hay rara belleza en el dolor y hasta romanticismo, del que se consume en los libros de historia del arte y literatura universal.

Francisco de Goya, Edward Munch, Grupo El Puente, William Turner, sus viejos maestros Claude Lorrain y Nicolas Poussin, todos ellos están en las escenas de Javier Barreiro. Pero también están Antonia Eiriz, Fidelio Ponce, Wifredo Lam, René Portocarrero, Marcelo Pogolotti, Sandra Ramos, José Toirac, entre otros tantos.

Barreiro ha observado todo esto, se ha nutrido. Ha estudiado con cautela la luz y logra subjetivas sombras con intencionalidad. Hacia ahí dirige el convite según sus sentidos y encuentra un receptor nada pasivo con quien termina conectando casi automáticamente. La fuerza de sus composiciones; sus elementos diversos y aparentemente inconexos; el uso sin miedo de los colores; la expresión del destiempo; el instinto de supervivencia; el impulso creativo en progresiva evolución incluso en el vacío y la notoriedad del ser humano omnipresente incluso donde no está, disparan todas las alarmas de sus escenas perturbadoras, y nos invita a cuestionar la forma en que estamos examinando el mundo. Justo ahí ha clavado Javier el leit motiv de toda su obra.

Recientemente tuve la posibilidad de escucharlo en una entrevista, donde sintetizó el statement de su trabajo en dos oraciones; “…soy el resultado de generaciones crecidas en la era de los proyectos sociales que trajeron consigo la masificación, la pérdida del uno en pos del todos…”. Y ahí salta a la luz por qué el vacío, la ausencia y la disolución de la individualidad son temas cardinales en la obra de este artista. La tensión entre masividad e individualidad es mira y diana segura en la obra de este pintor cubano, que retrata amotinadoras dinámicas de grupo e incómodas experiencias individuales que, a veces entrelaza hasta el conflicto.

En una comunidad, la interacción entre los individuos puede tener efectos en cadena que afectan la dinámica estructural y la cohesión social. Su obra crece dando muestras de esa alta presión, sus protagonistas, sus contextos llevan a los personajes a ajustar sus comportamientos para alinearse con el grupo, borrando su singularidad, incluso en sus rostros “idénticos” o indefinidos. Por ello no dudo al plantear que Barreiro moldea el efecto mariposa en la urdimbre sociológica del arte, apunta la importancia de los detalles y demuestra cómo eventos “intrascendentes” pueden tener un impacto significativo en la leyenda humana y en la del arte que se consume en esta era. 

El hombre piensa como vive, es una máxima filosófica que desafía la dialéctica. Este planteo pudiera resultar categórico, y no soy muy gustosa de ello, pero queda demostrado en la representación de sus imágenes fantasmagóricas, sus escenas “bucólicas” perturbadoras, ellas van del temor a la soledad insondable. Es imposible no sentir sobre nosotros el profundo vacío y su carga desmesurada.

Firmemente trenzado en el trabajo de Barreiro está el concepto de entropía. Viene también de las ciencias exactas, de la física y la termodinámica. En términos simples, es una forma de cuantificar cuán desordenado, aleatorio o impredecible es un sistema. Las escenas de Barreiro desafían caos y orden tradicional. Las inusuales conexiones entre sus ideas, generan pensamientos trastocados que fecundan sentidos creativos y novedosos. Su fase inicial de exploración “desordenada”, arriba airosa al “final feliz”. De ahí que me guste pensar que, toda esta producción pictórica de Javier Barreiro está reflejando momentos de cambio y transición. Que toda esa policromía ligada a la tierra, de colores y contrastes filosos, herencia de su tiempo; nos está señalando la batalla que todos estamos viviendo, del individuo consigo mismo y con sus congéneres. Una cruzada existencial diferente que creará un destino otro, donde podamos manejar el orden, el caos y la cantidad de sorpresa e incertidumbre que nos depara nuestra frágil, mínima y finita existencia. Alea iacta ets dijo Julio César cuando se rebeló contra el Senado de Roma, Barreiro sabe que esa máxima es irrefutable y nos la obsequia en su infinita y generosa potencialidad creadora. Yo confirmo Factum est.  

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