Ernesto Estévez
Antes y después de la tormenta
Texto por: Ricardo Alberto Pérez
El boquete íntimo del paisaje, sus ánimos y atmósferas que mudan y transmudan de la aridez de la caliza al verde plural de la vegetación; igual asoma la condición reflexiva de las aguas, la insipiencia de la hierba, los contrastes, el asombro que provoca lo mínimal, todo lo que como sangre o savia se traslada de la raíz a la colina. En esa condición transcurre la pintura de Ernesto Estévez García (La Habana, 1967), y justo allí alcanza la voluntad de una vena espontánea a través de la cual viajan todo tipo de nutrientes. Así descubrimos, por citar solo un ejemplo, todas las bondades escultóricas del árbol: al árbol como herramienta para la meditación, y símbolo de la libertad individual.
Su quehacer nos enfrenta a una poética que contiene múltiples sutilezas, adicionándoles a cada una de las piezas y a la obra en su totalidad varias complejidades y una amplitud de lecturas que no son comunes dentro del paisajismo. Ernesto Estévez viene de una experiencia profunda y trascendente con la naturaleza, es como si en la memoria almacenara con nitidez los interiores de ese universo insaciable que no solo se compone de imágenes, sino también de olores y sonidos, que el artista, con pura intuición, tendrá la potestad de traer a sus representaciones.
Aquí el viaje que tiene por delante el espectador nunca llegará a ser monótono, y mucho menos lastrado por una visualidad retórica y vacía de emociones; en su pintura encontramos quizás dos maneras o variantes de asumir el paisaje como forma de conocimiento, una que contempla lo más íntimo y privado, aquello que nos remite a la experiencia inmediata, y la otra que queda permeada por un aliento metafísico, intervenido por una indetenible vocación filosófica y conceptual.
En la primera variante Estévez posee el don de volver inmenso al paisaje más íntimo, sin contaminarlo de tanta complejidad, lo deja ser por sí solo, le permite crecer usando el combustible no siempre valorado de las cosas pequeñas y aparentemente comunes.
En la segunda variante su mente y el gesto que la acompaña se desbocan hacia un más allá, colocando al eje de ser en una quietud tan trascendental que se transfiere con hondo misterio hacia el lienzo, allí persiste como nicho para cada mirada que lo interpele. Así quedamos, sin dudas, ante el efecto de una garganta insondable que nunca dejará de incitarnos en pos del misterio. En este punto ya estamos hablando de una pintura profundamente metafísica, filosófica, que nos ayuda a meditar sobre los dones de la quietud, y la vasta emoción que encierra el encuentro con lo desconocido.
Las experiencias límites por las que atraviesa el paisaje (la naturaleza) son atesoradas en algunas de estas pinturas, todo lo que representa un clímax adicionado a lo que ya de por sí es deslumbrante. Advertimos el viento, la tempestad, y la verticalidad del rayo, atroz y bella a un mismo tiempo. Sus obras reciben del acecho de la niebla y la bruma una densidad disfrutable y de visible contenido místico. Su pieza Niebla en la noche (2015) nos hace recordar a Beethoven y a Schubert; ese “claro de luna” tan presente en la memoria colectiva de Occidente, esta vez nos vuelve a sorprender con agrado. Tampoco parece una coincidencia su repetida cercanía a la noche, una estancia de la que saca un visible provecho conceptual rozando esas zonas filosóficas y poéticas que en la tradición hispana van de San Juan de la Cruz a Lezama Lima.
Estamos ante narraciones que fluyen bajo una bien administrada rebelión del color, que no se calla nada de lo que ve, pero en ningún caso llega al grito desaforado; ahí quizás resida el secreto de esa armonía y el equilibrio sostenido que nos acoge en sus lienzos. En dicho discurso visual existe el predominio de un elemento regente que se vincula con el tratamiento que le ofrece a la luz en cada circunstancia: el comportamiento de la luz es esencial en el afán de expresar sentimientos y sensaciones; en algunos de sus oleos existe una luz inmanente a la isla, símbolo de los trópicos, y otra luz más clásica que alimenta el ya mencionado misterio, y parece provenir de siglos atrás, esta última nos obsequia con estricta elegancia conexiones que el arte, con sutileza, siempre nos depara.
La fotografía termina siendo una cómplice inseparable en el quehacer de Ernesto Estévez, de forma impresionante logra conciliar su verdadero espíritu con el de la pintura, ambas comparten sin prejuicios la calidez de los afectos, la capacidad de ser testigos de aquello que resulta insondable y a lo que nos debemos para siempre, así entre tantas cosas se accede a todo lo que emerge del agua, y al agua en si dispuesta a reflejar siempre los sueños y anhelos del individuo.



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