Emilio Martínez
El áspero camino hacia la identidad
Texto por: Ricardo Alberto Pérez
Una de las grandes atracciones del panorama de las artes plásticas en las últimas décadas resulta la tendencia a fusionar soportes y técnicas expresivas dentro de una misma obra, este fenómeno le permite al artista la posibilidad de buscar el registro adecuado para expresar a plenitud todas las tensiones e inquietudes de su mundo interior y garantizar el diálogo incesante de éste con el entorno y también con la propia Historia del Arte. Este tipo de proceso ocurre con una intensidad muy particular en la obra de Emilio Martínez (Tegucigalpa, 1981); el profundo contenido de originalidad que emana de su biografía intercambia y polemiza con la fuerte y consciente memoria visual de la que también es heredero, y con los fenómenos sociales que dinamizan y reactivan dicha memoria.
En su quehacer lo fantástico, lo mitológico y lo religioso se comportan como espirales que se manifiestan sin límites y llevan consigo la fuerza cautivante e indetenible de la energía simbólica. En el reino de la fantasía un misterio siempre lleva a otro cada vez más seductor, lo cual crea en quien lo consume un objetivo insondable (“Una historia interminable”); ligaduras que atan la mente y la ponen a husmear hasta que esta logra acoger el desenlace. Este vínculo inquietante se experimenta ante las creaciones de Emilio Martínez; ellas cuecen lo crudo y lo insertan en un diálogo de amplia fecundidad.
Muchos de estos seres fantásticos, imaginarios, míticos que él emplea han alcanzado a través del devenir del conocimiento una fuerte presencia simbólica, que en algunos casos queda vinculado con el tema de las opresiones que gravitan sobre los ciudadanos. Estas criaturas sorprendentes que nos ofrece son el resultado de una combinación espontánea entre los mitos y leyendas populares (herencia maya) y segmentos espléndidos de la literatura fantástica; una que viene en esencia por la tradición oral, y la otra bajo la densidad y el poder inventivo de la escritura. Criaturas del bosque, seres primitivos, y otros bíblicos entran en un estado de rebelión, para ironizar, parodiar y sobre todo polemizar con secuencias muy específicas del arte universal creando parcelas de representación que invocan doblemente al espectador.
Sus obras exhiben con orgullo las secuelas de un espíritu que contempla y absorbe con obsesión la supervivencia de lo humano, este trabajo retorna con constancia de esa acumulación donde se sumerge, para devolver desde el lenguaje de las imágenes un territorio onírico que contiene códigos y mundos interiores capaces de impactar en nuestra visión de la realidad y de la cultura.
Un rasgo que distingue y fortalece a su poética es la importancia y trascendencia que le concede a cada uno de los materiales y soportes que integran sus piezas; trabaja con sutileza e ingenio el tema de las texturas, dándole un acentuado protagonismo dentro del despliegue de su discurso, estos elementos pueden ser desde la página de un libro publicado hace más de cincuenta años, hasta las propias impurezas que van dejando el acrílico y otras tintas o aceites sobre la tela o el papel. En la conjura entre estas texturas (interacción) se van creando capas (niveles de lectura) que otorgan a las entregas una profundidad no solo entendida en el sentido conceptual, sino además desde el plano visual, así se teje un entramado, conexiones que van de lo formal a un estado polémico de las ideas. El uso constante de técnicas mixtas no deja de estar permeado en todo momento de una fuerte subjetividad y un oportuno sentido de la intuición; destacándose, sobre todo, la manera agudamente conceptual de interpretar la función del collage.
En las piezas desde donde dialoga con el espíritu pictórico de Norman Rockweel (1894-1978), de cada protagonista brota una fuerza expresiva que se relaciona con un pasado, con los estándares de una identidad convulsa y sobre todo con un imaginario de vida que llega a ser más fuerte (y prepotente) que la propia realidad. En esta serie se imponen nuevamente esas herencias múltiples con que el artista transita por el acto de creación, las cuales se amalgaman para producir una transmisión visual que supera cualquier contenido local y se expande a bordo de un cosmopolitismo que lejos de negar raíces, las incorpora adquiriendo una densidad particular. Este segmento se transforma en un verdadero ritual del espectáculo, alimentado por diversos matices que recorren fluidamente a través de cada una de las escenas cargadas de espléndidos misterios y contundentes referencias.
Este desafío paródico, al que se somete Emilio Martínez, constituye un reto altamente complejo y peligroso, sobre todo porque la obra que se emplea como punto de partida tuvo una connotación muy grande dentro una sociedad como la estadounidense, e incluso en su trascendencia ha ido más allá de esas fronteras abarcando cierta universalidad que toca de alguna manera la condición de los Mass media en cualquier latitud. A través de estas “viñetas” Martínez deja al desnudo las grandes trasformaciones a la que se ha sometido aquella sociedad representada por Rockwell; y cuenta como una potente marea de mestizaje y diversidad han puesto pauta en ella; ese proceso queda perfectamente ilustrado por cuadros como: Yanke Doodle (2024), Soldier (2024), The New World (2024) o Happy Tranksgivingn (2024).
Si vemos la serie en que usa como referencia algunas esculturas de Constantin Brancusi también prevalece un incisivo intercambio, o desentierro de lo primitivo, círculos o rutas que nos hacen regresar al origen, que introduce en la manera de pensar del espectador la siguiente interrogante: ¿cómo era aquello que ha quedado apresado bajo un icono que domina el instinto colectivo antes de su surgimiento? Creo que en cierta medida se trata de liberar muchos eventos del imperio opresivo de ciertas imágenes, es por ello que el rostro y las expresiones de los animales (perros, cocodrilos, bestias híbridas) resultan en ese contexto de gran eficacia, simbolizan y aportan líneas de energías que intervienen en los procesos de la razón.



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