Ángel Ramírez
La bestia, sus ágiles metáforas
Texto por: Ricardo Alberto Pérez
Adentrarse en la etapa más reciente de la obra de Ángel Ramírez –La Habana, 1954- (que comprende algo más de una década) significa atravesar la densidad de un fabuloso ensamble de lenguajes que consiguen formas expresivas de alto vuelo poético. Las metáforas representan un alimento insaciable de lo conceptual que se conjura a la maestría formal, la cual descansa sobre ágiles transiciones que consigue de un soporte a otro, sin dañar o alterar el tono de sus contenidos. En su quehacer la pintura, el grabado (xilografía) y la escultura se comportan con entera libertad, interpretando el más allá inscripto al círculo de lo posible.
Desde hace algún tiempo e independientemente de la técnica en que se exprese Ramírez tiene una formula muy precisa de operar ante la realidad, de su corteza densa y opresiva extrae el combustible de sus parábolas y paradojas, que indistintamente nos convocan a desafiar, desde el búnker de la lucidez, las malas jugadas que casi como rutina nos impone esta realidad tan histriónica. De esa manera trata temas que se impondrán desde su propio cinismo e incontinencia, tales como: las despedidas, el caos, los herederos y la pérdida del rostro y la identidad.
En su pintura, por ejemplo, podemos encontrar una especie de pórtico o arranque para este segmento de creación; nos remitimos a la serie que realizó en torno a las flores, en la que destacan piezas como: Fin de la utopía (2017), Son para la corona (2012), Siego, Ciego (2012). En ellas lo más que me convoca es la fuerte subjetividad que prevalece, la capacidad que alcanza para atomizar lo individual y expresarse a la anchas sobre un destino colectivo que inca duro en la memoria y casi inmoviliza cualquier tipo de avance. Estos lienzos específicamente nos comentan sobre el adiós a una ilusión o a un conjunto de ellas, aquí las despedidas se vuelven más frecuentes, no solo se inscriben a los seres, sino también, y sobre todo a esos sueños y proyectos que parecían caber dentro de las mencionadas ilusiones.
En este caso el trillado lenguaje de las flores y su simbología sufren un notable cambio en la acción de comunicar; adquieren un altar atípico para que funcionen desde su reverso y a contragolpe, un sitio en el que también va anclar la incertidumbre. Flores tomando el pulso del tiempo, más vinculadas a los contenidos que a las formas. No son festivas, tampoco se puede asegurar que sean fúnebres, más bien están detenidas, congeladas por varias circunstancias, decididas a mostrarse en ese limbo desde el que no renuncian a identificarse como margaritas, geranios, o tulipanes según convenga.
La extraordinaria gracia y el fuerte carácter renovador que lo acompañan en el ejercicio del grabado constituyen un elemento distintivo de su trabajo, una voz que se proyecta como alerta y también como savia o nutriente que nunca abandonan la condición chévere del barrio. Así entran en juego algunas calles míticas de La Habana: (Aguacate o Teniente Rey (2014); En Malecón y lealtad hay situación (2014), Desagüe, Manglar y Soledad (2022), Entre Cárcel y Cuarteles (2022) y Vapor y Marina (2022). Estas xilografías desbordan en fantasía y enseñan la brillantez de interpretar el tejido urbano a partir de los propios azares de los ciudadanos que lo habitan y transforman a semejanza de sus actitudes y costumbres. Estas obras poseen el don de recolectar toda la fluidez en sus contradicciones, y arrendarla para unas imágenes que resaltan lo impredecible, lo que te toca como una aparición, y te convida a percibir aquello que tiende a volverse retórico por el efecto de lo cotidiano, como una suerte de epifanía.
En la muestra EL Caos y Los Hijos de la Bestia (Villa Manuela, 2022), experimentamos que su fibra expresiva se enriquece tremendamente a partir de lo objetual, y lo matérico. Toda la materia que incorpora cobra una vida muy singular, que inclusive sobrepasa el territorio de lo simbólico para internarse en una polémica democratización de esas cosas que se desempeñan entre nosotros hasta que su utilidad comienza a mermar. Lo que asocia es también vida, su laberinto polémico y menos frecuentado, quizás por la inmediatez que se adueña con más furia de nuestros propósitos. La escultura en este caso es indiscutiblemente protagónica, hablamos de una escultura en extremo singular, acompañadas de textos que le agregan un encanto y una polisemia llamativa y muy provocadora, ellas tienen que defender imaginarios torcidos y de fuerte impacto en nuestra conciencia; también resulta admirable el espíritu disolutivo y con tendencia a la desconstrucción que se respira en sus formas.
Así la Bestia oculta el rostro, o más bien lo proyecta sobre sus descendientes, aquellos que apenas exhiben la pretensión de ser protagonistas; dicha bestia no se presenta pero su energía lo habita todo a través de una propagación implacable. Lo que contiene cada pieza, cada texto que con organicidad las acompaña es la confrontación entre el ritual del espíritu y la dificultad como elemento de lo precario y el acoso del fracaso. El mensaje más importante que nos deja el artista en este recorrido es el efecto desacralizador que el arte puede llegar a alcanzar, desmontar inclusive una maquinaria ridícula que en algún momento nos arrastró a casi todos hasta lo irracional; además muestra la astucia, de en tiempos tan tensos saber situarse lejos de la histerización y del chapoteo con las ideologías.
Dicha crónica expone el drama del individuo en circunstancias adversas; el tema de las apariencias adquiere profundidad y es una suerte de torbellino que dispara una y otra vez las alarmas, en esta ocasión nos vamos con bestiario incluido y hasta la figura del contrahecho golpeándonos la testa. Esta zona del arte producido por Ángel Ramírez sube la parada, posee el don de dar una coherencia narrativa a los procesos de desintegración.



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