Aimée Joaristi

Los dividendos de un viaje a España

Texto por: David Mateo

Aimée Joaristi supera con creces ese arquetipo recurrente del artista apartado, inaccesible, recluido las veinticuatro horas del día en el ambiente esquivo de un estudio. No significa que no tenga las condiciones idóneas para poder encararlo si así lo deseara: tiene una personalidad cuestionadora, suspicaz; una situación económica lo suficientemente estable como para mantenerse alejada de algunas imposiciones del circuito, y es propietaria de un imponente taller resguardado entre las montañas de Costa Rica. Sin embargo, Aimée no puede prescindir del intercambio sociocultural frecuente; cada cierto tiempo organiza encuentros de trabajo en su taller costarricense, viaja por las ciudades de Latinoamérica y Europa para exhibir sus obras recientes, y mantiene una presencia constante en las redes sociales, herramienta que aprovecha al máximo para satisfacer esa apetencia de socialización. 

Es cierto que su producción artística intenta solventar un grupo de preocupaciones técnicas y conceptuales de carácter estrictamente personal, apegadas a esa representación neoexpresionista que la distingue desde que se inició en el mundo del arte. También es un hecho que la fluctuación de sus estados de ánimo y sentimientos está permeando de manera constante los niveles expresivos de sus composiciones. Esa es quizás una de las facetas que más ha influido en la trascendencia de su obra; la cuota de autenticidad que más le agradecen aquellos que han decidido apoyarla en su trayectoria creativa.

Pero es importante resaltar también que en la conformación iconográfica de la obra da Aimée Joaristi, en sus variantes formales y alegóricas, han impactado con regularidad las prácticas de diálogo y confrontación con especialistas y artistas afines. Soy testigo directo de que ella no manifiesta reservas a la hora de involucrarse en determinados proyectos expositivos y de compartir decisiones esenciales sobre su desarrollo con curadores; y que no muestra reparo alguno cuando se le ofrece una oportunidad de producir obras en conjunto con otros autores de su estimación o preferencia. Es que Aimée Joaristi valora estas alternativas de intercambio como estrategias de interpelación humana, sociológica; como vías de constatación intelectual e instrucción metodológica. Resultan tan trascendentes estas interacciones dentro de su quehacer artístico, que –como resultado de ellas- se le ha visto acelerar el abordaje de alguna propuesta compositiva o modificarla por completo; realizar una regresión hacia artificios pictóricos y dibujísticos aparentemente relegados; o detener de manera repentina el trabajo de una serie para iniciar un nuevo enfoque representacional. No cabe dudas que su perspectiva sobre el coloquio artístico se establece sobre una dimensión dialéctica y de feedback.

Aimée llevó a cabo una de esas operatorias de intercambio con el reconocido artista José Manuel Ciria, en la ciudad de Madrid, donde viaja frecuentemente como alternativa de “oxigenación y purificación emocional”, según sus propias declaraciones. La experiencia de contacto con Ciria, no tuvo una connotación rígida o formal, a pesar del poco tiempo que duró el encuentro entre ellos; sino todo lo contrario, fue una magnífica oportunidad que Aimée Joaristi supo aprovechar al máximo, y en la que puso a prueba un grupo de variables técnicas para su pintura. El beneficio de esas acciones se corrobora precisamente en las eficientes estructuras compositivas logradas a través de las pinceladas de color; en la presunción que hizo de gradaciones y matices diferentes para lograr una circunstancia visual compensatoria con José Manuel Ciria.

Aunque la espontaneidad, la improvisación, parecen haber marcado la pauta del trabajo conjunto con el artista español; sospecho que en el proceso debió haber existido también una tensión sutil, un forcejeo delicado entre explosividad y contención, automatismo y perspicacia normativa. Se trata de dos abstractos consumados, seguros del procedimiento y el enfoque estético que han elegido; pero la pintura habitual de Aimée Joaristi se sostiene sobre constructos visuales un tanto catárticos, impulsivos, libres, y la de José Manuel Ciria parece apelar a configuraciones mucho más caviladas, precisas, supeditadas a la racionalidad que pauta el diseño.

He reiterado muchas veces que lo mejor de la pintura de Aimée Joristi muestra una fuerte inclinación hacia el desbordamiento, la grandilocuencia simbólica, ha intentado una y otra vez el contraste entre primer plano y fondo; moderar esa impresión de que las figuras levitan en extrema soledad frente al vacío, sostenidas únicamente por la autenticidad y la fuerza de su delineación, y explorar otros accesorios de fondo y ambientales. 

Pienso que a través de estos modos o procedimientos que fueron apareciendo de manera gradual en España, producto de la interacción con Ciria, tratando de responder a una disyuntiva específica de convivencia (lo cual pudo haberle generado, incluso, hasta una falsa idea de supeditación), Aimée Joaristi desarrolló precisamente un conjunto de alternativas factibles para los procesos de mezcla y despliegue de las zonas de color alrededor de las figuras centrales y en favor de la propia atmósfera en la que estas se insertan; comenzó a calibrar otras intensidades tonales, menos crudas, más sublimes, que pueden llegar a convertirse, por sí mismas, en esbozos o delineados complementarios dentro del cuadro, o a servir de basamento traslucido para una inserción más perspicaz, fluida, del dibujo. Con estos tanteos, estas pulsaciones, creo que la artista alcanza un punto de equidad, de contrapeso, en el que no se descompromete ni su obsesión por la síntesis ni su naturaleza profundamente ecléctica. 

Es importante destacar que el ciclo de esa experiencia pictórica por España tuvo un cierre bastante satisfactorio en el trabajo colectivo con tres artistas más: Heriberto Nieves (Puerto Rico), Julio Ovejero (Argentina) y Rafael Peñalver (España). De manera particular me sorprendió el magnífico engranaje productivo que estableció con el escultor Heriberto Nieves, la combinación tan equilibrada, coherente, que alcanzaron en la propuesta pictórica, a pesar de sus diferentes perfiles o estilos. Pero en sentido general, en casi todas las obras resultantes de esta experiencia de confabulación entre Aimée y los artistas internacionales reunidos en España, se advierten los rasgos inconfundibles del dibujo de Aimée Joaristi, la reverberación de sus colores recurrentes, la impetuosidad de su pincelada; pero, sobre todo, la acción vigorosa de una artista que refuerza el método; el avance de una conciencia de estructuración que se desvive por las simetrías propias y compartidas.

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