Harold López
Paisajes en standby
Texto por: David Mateo
En el panorama actual de la pintura cubana, la obra de Harold López se presenta como una de las más eficaces en cuanto al abordaje combinado de géneros como el retrato y el paisaje. Su método de interrelación no solo resulta novedoso, sino suficientemente orgánico, perspicaz, como para que cada una de esas manifestaciones aporte lo suyo en la composición y no prevalezca de forma presuntuosa sobre la otra, ni desde el punto de vista técnico ni conceptual.
Esa conjugación de géneros históricos constituye la herramienta idónea dentro de la serie Pausa para explorar la condición subjetiva del individuo en vínculo con el entorno. A través del retrato, Harold López construye una visión del sujeto insular como figura autónoma; pero también como parte significativa del ambiente que lo define y limita. Los senderos, las veredas, las rutas simbólicas que se representan en la obra, generan una ilusión inquietante, perturbadora, sobre el movimiento físico, sobre el avance; pero también sobre la travesía emotiva que experimentan los personajes, atrapados entre el deseo de progreso y la incapacidad de alcanzarlo.
Como bien indica el título del conjunto, el artista llama la atención sobre esos momentos cotidianos en los que la experiencia de evolución se ralentiza, se pausa, y en ocasiones frena, lo que no debe interpretarse como una apología a la renuncia definitiva de los valores y propósitos. Pienso que estas disyuntivas que describe la obra, más que referirse a la incapacidad de materializar un destino, una meta concreta, hace alusión crítica a los impedimentos que existen para implementar un rumbo, un derrotero, sobre todo si estos son compulsados desde el anhelo y la voluntad personal.
El hecho de haber recreado algunos escenarios rurales y marítimos para exteriorizar esta presión social y de vida, le otorga a la metáfora un sentido mucho más crudo y terrenal. A diferencia de sus piezas anteriores, en las que el ámbito citadino se estructuraba sobre la base de insinuaciones algo más cosmogónicas y conceptuales, este grupo de obras de pequeño formato desarrolla una disertación en la que se hace explícito, contingente, el análisis sobre la situación existencial de los sujetos involucrados. Algunos podrían pensar que esas sublimaciones paisajísticas se llevan a cabo desde la intención del solapamiento discursivo; pero resulta todo lo contrario desde mi punto de vista. Como la concepción visual de los paisajes de Harold se afianza en el recreo de espacios insulares autóctonos, casi primigenios (reales o imaginarios) ellos pueden afrontar e insinuar, de manera directa o indirecta, cualquier faceta o ambiente que esté asociado a los dilemas existenciales de la isla.
Digamos que, contrario a lo que algunos puedan pensar, estos paisajes de tentación “bucólica” pueden ser mucho más descarnados y comprometidos de lo que nos imaginamos.
Aunque algunos personajes se muestran imperturbables ante el espectador o se ubican en posición estática en algún punto descentralizado de la escena, la observación minuciosa de sus figuraciones y poses nos indica que ellos encarnan el escenario de una lucha interna, solapada, que va más allá de la quietud aparente. Esta paradoja entre la inacción y el impulso anímico se convierte en uno de los principales argumentos persuasivos de la serie; y la supuesta referencia a la calma cotidiana se erige entonces en un espacio ingenioso para la explicitación del conflicto, gestado desde lo sensitivo y psicológico.
Por supuesto, todos estos matices útiles para la especulación sobre los protagonistas del cuadro, están estrechamente relacionados con la sensación de imagen detenida, de actividad congelada, que proyecta el artista sobre sus paisajes a pesar de la multidireccionalidad del desplazamiento pictórico; sensación que logra mediante el empleo de una fuerte pincelada neoexpresionista de pulso libre, efusivo, y al igual controlado; o a través del despliegue de una línea ondulante, sinuosa, casi vibratoria, que parece evocar por momentos aquel montaje icónico de la obra de Edvard Munch.
Ninguno de los elementos expresivos de la obra de Harold López (retrato y paisaje) puede existir sin el otro. O sea, el paisaje atestigua la inquietud o desazón de los personajes, y los personajes contribuyen –con la gravedad de su presencia- al carácter dramático del ambiente y sus componentes naturales.
Hay piezas, incluso, en las que esa supeditación se hace mucho más enfática; me refiero, por ejemplo, a aquellos encuadres donde el personaje parece zambullirse en la hondura de un río o un mar; pero por la forma específica en la que está resuelto el planteamiento pictórico de la superficie acuosa o sólida, también podría interpretarse como una inmersión simbólica en el espíritu enigmático del paisaje, en su condición insondable. Los estados se difuminan por completo y el sujeto se proyecta casi desde una posición escultural.
Una fuerza omnipresente, de naturaleza subjetiva, parece exigir su parte en la refutación de las dinámicas que se conjeturan dentro del paisaje; y esa fuerza proviene precisamente de las contradicciones que se deducen de las realidades externas e internas, públicas y privadas, y de las que es un testigo e intérprete encubierto el espectador. Estas contrariedades reivindican la dicotomía entre memoria y expectativa, pasado y futuro, mientras sumergen ese tiempo presente de lo acontecido en un estado de profunda incertidumbre.
Los caminos recreados en los paisajes de Harold López son más que simples trayectorias; encierran una reflexión trascendente sobre la direccionalidad de la vida, sobre la búsqueda incesante de un propósito, de una aspiración. Como reafirma el creador a través de su obra, estos caminos no siempre conducen a un destino seguro. En algunos casos se tuercen de manera abrupta, se disipan en el vacío, o se desvanecen en una franja lejana ocupada por el mar; un mar tan incitador y críptico como el que bordea la isla de Cuba.
Este simbolismo inducido desde el panorama refuerza el criterio de un porvenir impreciso, y exalta la idea de que el avance personal está condicionado casi siempre por fuerzas que rebasan nuestro control.



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