Carlos Enrique Prado

El cuerpo como campo de tensión

Texto por: Antonio Correa Iglesias

La obra de Carlos Enrique Prado se despliega como un tejido complejo donde el cuerpo, sus residuos y su fragmentación se convierten en terreno para cuestionar los mecanismos de poder, memoria e identidad. Su práctica escultórica, centrada en el uso cerámico y lo instalativo, se distancia del simple oficio técnico para asumir una postura crítica sobre los sistemas normativos que organizan lo corporal, tanto en el espacio público como en el imaginario colectivo.

El cuerpo, entendido aquí no como unidad biológica sino como construcción cultural, es el eje articulador de una investigación que desafía el canon monumental de la escultura. Prado subvierte las lógicas de representación tradicionales para proponer una lectura del cuerpo como superficie de inscripción de la historia, el trauma y el deseo. Esta estrategia se vuelve evidente en sus series más emblemáticas, donde los fragmentos anatómicos –pies, espaldas, vientres- aparecen dislocados, repetidos o contenidos en dispositivos que aluden a la vigilancia o la represión. 

En series como Cabeza dura y Stubbom, el peso del cuerpo no es sólo físico: es político. Los materiales –cerámica, metal, concreto- funcionan como extensiones de esa carga simbólica, aludiendo a una violencia estructural que opera sobre los cuerpos racializados, subalternizados o patologizados. Prado elige la cerámica, con su historia asociada a lo frágil y lo doméstico, para hablar de tensiones duras: las del exilio, la migración, el disciplinamiento del cuerpo masculino y las ruinas del sistema socialista cubano. 

Esta poética del fragmento remite a lo que Hal Foster ha denominado el “retorno de lo real” en el arte contemporáneo: una tendencia hacia la materialidad del cuerpo herido como forma de interpelación social. La obra de Prado no aborda la estetización del sufrimiento, sino de una táctica política para señalar cómo ciertos cuerpos son construidos como excedentes o como residuos. Su interés por los dispositivos de control  remite a lo que Michel Foucault llamó “biopolítica”: la forma en que el poder se ejerce sobre la vida a través de la administración del cuerpo.

La recurrencia del cuerpo masculino en su obra no es gratuita. Prado lo presenta como cuerpo disciplinado, vigilado, objeto de deseo y de control. Hay una reflexión implícita sobre la masculinidad como construcción social que carga con el peso del heroísmo, la productividad o la resistencia. Pero también aparece como cuerpo  vulnerable, expuesto, fragmentado, susceptible de falla. Esta ambigüedad rompe con el imaginario escultórico tradicional que suele asociar el cuerpo masculino con la fortaleza, la perfección y la permanencia. 

El archivo es otro elemento clave en la práctica de Carlos Enrique. No como repositorio pasivo, sino como mecanismo activo de clasificación, exclusión y vigilancia. En varias de sus instalaciones, el archivo aparece desbordado, desorganizado o incompleto, señalando así la imposibilidad de contener la experiencia del cuerpo dentro de los marcos racionales del saber médico o jurídico. Esta crítica al archivo dialoga con autores como Derrida y su noción de “mal de archivo”, donde el deseo de ordenar siempre conlleva una pulsión de control y olvido.

A nivel formal, utiliza la repetición como una estrategia que produce extrañamiento. La reiteración de fragmentos –como una serie interminable de pies o torsos- genera una sensación de exceso que desafía la lógica museográfica de la pieza única. Esta acumulación remite a los cuerpos masificados, al anonimato de los migrantes, los prisioneros o los pacientes. Pero también puede leerse como resistencia: una proliferación que desborda la norma y escapa a la contención.

En este sentido, su obra se inscribe en una genealogía de artistas que trabajan con el cuerpo desde una perspectiva crítica y desobediente, como Doris Salcedo, Teresa Margolles o Kiki Smith. Todos ellos comparten un interés por la materialidad del cuerpo como espacio político, así como una desconfianza hacia las narrativas oficiales de la historia, el dolor o la identidad.

Carlos Enrique Prado no busca ofrecer respuestas cerradas, sino abrir preguntas incómodas: ¿Qué cuerpos merecen ser representados? ¿Qué fragmentos se conservan y cuáles se descartan? ¿Cómo opera el poder sobre la carne, incluso en su estado de ruina o residuo?

Su obra, lejos de cualquier idealización, nos confronta con la materialidad de lo humano como un campo de conflicto, memoria y posibilidad. En tiempos donde la corporalidad vuelve a ser territorio de disputa –por razones de género, raza, salud o ciudadanía-, la escultura crítica de Prado se erige como un acto de resistencia: una forma de inscribir lo efímero, lo precario y lo excluido en el espacio visible del arte.  

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